Juana de Arco

Heroína nacional francesa y patrona de Francia, llamada la “doncella de Orleans”. Hija de Jaques Darc y de Isabel Romée, humildes campesinos, nació el 6 de enero de 1412 en Domremy, Lorena, y murió en la hoguera, tras ser condenada de herejía, en 1431.

A la edad de trece años mantenía que había oído las voces celestiales de San Miguel, Santa Catalina y Santa Margarita, que la urgían a liberar a su país de la dominación inglesa y coronar al joven príncipe Carlos; en este momento Francia se encontraba prácticamente sometida al dominio inglés y en medio del caos interior que había provocado la Guerra de los Cien Años. A los dieciséis años, Juana mantenía que estas voces la señalaban como la elegida para protagonizar la liberación de Francia; años antes, se había producido la batalla de Azincourt en la que las tropas francesas habían sufrido una terrible derrota contra los ingleses, que obligaron a Francia a firmar el Tratado de Troyes de 1420. Como consecuencia de este acuerdo, Francia tuvo que aceptar la proclamación como rey de Francia de un niño de diez meses, hijo de Enrique V de Inglaterra, mientras que el verdadero Delfín de Francia era apartado y coronado en secreto en la ciudad de Berry.

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A pesar de que en un primer momento las visiones de Juana no fueron tomadas en serio, su insistencia en su misión liberadora consiguió que, cuando las esperanzas para los partidarios del Delfín Carlos eran nulas y los ingleses habían puesto sitio a la ciudad de Orleans, capital de la única zona que no estaba sometida al poder inglés, sus visiones fueran tomadas en serio por el capitán Bandricourt, que en 1429 la escoltó a Chinon, para entrevistarse con el rey, Carlos VII. Juana, que consideraba a Carlos como el legítimo heredero del trono francés, consiguió ganarse su confianza tras ser sometida a varias pruebas para comprobar la veracidad de lo que decía, por lo que el monarca puso a su servicio un pequeño ejército, formado entre otros por el capellán fray Pasquerel, de la orden de los Hermanos Menores de San Agustín, y por los capitanes Juan de Metz y Beltrán de Poulengy. Cuenta la leyenda que el rey le entregó además una lujosa armadura y quiso entregarle una espada, que ella rechazó argumentando que en sus visiones le había sido revelado el emplazamiento del arma que debía usar y que se hallaba tras el altar de la iglesia de Santa Catalina de Furbois; esta espada tenía cinco cruces en su hoja y se dice que perteneció con anterioridad a Carlos Martel.

Con las escasas fuerzas que el rey puso bajo su bandera, con flores de lis doradas sobre fondo blanco, marchó sobre la sitiada Orleans y liberó la ciudad al cabo de ocho días de combates; era el tres de mayo de 1429, y desde ese momento Juana fue conocida como la Doncella de Orleans. La hazaña causó tal entusiasmo que consiguió aglutinar las fuerzas francesas en torno a su bandera. Con ellas, ese mismo año, tomó varias plazas ribereñas del Loira, venció al general inglés Talbor en Patay y obligó al general Bedford a retirarse de París, pero cuando iniciaba el sitio de la capital francesa fue llamada por el rey a Reims, donde coronó, con todos los honores, a Carlos VII como absoluto rey de Francia, el 17 de julio de 1429.

El rey trató entonces de negociar con los ingleses, pero su indecisión le llevó a sufrir una derrota ante las puertas de París. Juana, al creer terminada ya su misión, quiso entonces retirarse de la contienda. No obstante, cedió a los ruegos del rey y consintió en continuar la guerra. Marchó entonces en auxilio de la plaza de Compiègne pero fue capturada el 23 de mayo de 1430 por los borgoñones, que la vendieron a sus aliados ingleses. Éstos la trasladaron a Rouen, principal plaza fuerte inglesa en el territorio, donde fue sometida a un juicio ante el tribunal de la Inquisición, acusada de bruja y hechicera.

El obispo Cauchon, asistido por el viceinquisidor Jean Lamaitre y en cumplimiento de las órdenes de los ingleses, inició un proceso inquisitorial a puerta cerrada en la fortaleza de Rouen. El proceso estuvo marcado por las irregularidades jurídicas: la prisionera fue mantenida en una cárcel laica, custodiada por soldados ingleses, y no se le permitió la presencia de un abogado para defender su causa. El texto del proceso, que aún se conserva, contiene las convencidas respuestas de Juana de Arco al tribunal, que incluso provocaron la perplejidad de los propios jueces asistentes. Cauchon, ante la imposibilidad de condenarla por sus actos, pues no había en ellos nada contrario a las normas de la Iglesia, le tendió una trampa y la acusó de relapsa. Para ello, logró que Juana jurase públicamente que nunca más se vestiría como un hombre, juramento que el hábil obispo consiguió que se viera como un acto de sumisión a la Iglesia. A continuación fue devuelta a la cárcel, donde no halló para vestirse más ropas que las de hombre, de esta manera Cauchon conseguía hacerla aparecer como reincidente de herejía y por ello fue condenada a morir en la hoguera, sentencia que se cumplió el 30 de mayo de 1431.

Carlos VII no tomó ninguna medida para ayudar a quien debía el trono, no fue hasta 1450 cuando el rey, ya seguro en el trono de París, llevó a cabo una encuesta sobre el proceso inquisitorial de Juana de Arco. Se inició entonces el proceso de rehabilitación de su persona y se presionó al papa Calixto III para llevarlo a cabo.

La actuación de Juana de Arco, aunque breve, fue decisiva para la finalización de la Guerra de los Cien Años y para la supresión del dominio inglés en el reino de Francia.

En 1909 fue beatificada y en 1920 Benedicto XV la canonizó. Su fiesta se celebra el 30 de mayo, día en que murió quemada viva en la hoguera.

Vía Mcnbiografias

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